Enfrentamos una compleja situación en Chile, la Universidad y nuestra Universidad: el movimiento feminista, en muchas vertientes, posturas políticas, sociales, culturales, propiamente feministas y de diversidad de géneros, ha irrumpido en la sociedad colocando como uno de los más altos valores la dignidad humana de todos sin distinción alguna: denuncia la sociedad patriarcal actual por su carga de violencia y discriminación, al mismo tiempo anunciando una sociedad distinta, igualitaria, con desarrollo sustentable e intercultural, más feliz y en paz. El movimiento impulsa la concientización (como dice Paulo Freire) respecto de que todos los seres humanos somos iguales en dignidad y derechos y que nada ni nadie, a nivel micro o macro, cotidiano o global, informal o institucional, debe condicionar o impedir el ejercicio de esa condición inherente a la persona. No hay mujer que se oponga, unas están más allá, otras más acá, a unas no les gustan las acciones, otras encuentran que es poco, pero así es la historia, así es la democracia, así es el pluralismo, pero todas están de acuerdo en la denuncia, el anuncio, la necesidad de concientizar la sociedad, de alcanzar objetivos superiores para toda la humanidad, el país y nuestra universidad. ¡Bien! Los hombres tratamos de entender el proceso y sus fundamentos desde nuestra posición de género y de poder para cambiarla.

Los temas de desigualdad, discriminación, acoso sexual, abuso o maltrato laboral toman la agenda dominante para el sistema, pero hay un aspecto que nos toca directamente a los académicos y académicas, estudiantes de pedagogía, profesores actuales en las aulas: la educación no sexista. Hay que recordar que recién a fines de la década del 90 se crea el Servicio Nacional de la Mujer-SERNAM con una fuerte oposición de los sectores conservadores (ergo: machistas y patriarcales, encabezados a veces y hasta hoy en un partido), lo mismo cuando se crean las Jornadas de Conversación sobre Afectividad y Sexualidad (JOCAS) que fueron resistidas fuertemente por ellos mismos hasta que hubo que terminarlas (en esa fecha había sistema binominal de elecciones y senadores designados, entre ellos Pinochet), las alumnas expulsadas de los Colegios o impedidas de asistir a los actos de graduación por sus embarazos eran fuertemente demonizadas por sectores que hoy defienden “la vida”, los escándalos por los reglamentos respecto de alumnos transexuales o la educación para evitar el VIH y así … muestran que las luchas desde el Estado, los partidos, la sociedad civil, los movimientos feministas, los profesores, no han sido fáciles, que se generan conquistas paso a paso y que la lucha será larga.

Hoy, guste o no, será necesario discutir, instalar y tratar la educación no sexista, como parte de las asignaturas de formación ciudadana, en el curriculum de las carreras, en las relaciones interpersonales que forman comportamientos en el día a día. Educación no sexista significa poner de inmediato a lo menos tres normas básicas en las aulas: no a la violencia “aunque sea mínima por lo juguetona”, ni oral ni física, entre los estudiantes y entre éstos y los/as docentes; no a cualquier expresión de menoscabo, de tratar a las alumnas de modo no profesional, “aunque sea mínima por lo simpático”, ni por los estudiantes, ni por los/as docentes; cero invisibilidad y explicitación al conocimiento y reivindicación de las mujeres en la historia como constructoras de saberes, de la política, economía, cultura, ciencia, cotidianeidad. 

Tolerancia cero a la agresividad de hecho o palabra, tolerancia cero a un menoscabo o trato burlesco no profesional, principalmente a las compañeras (que es lo más común, pero a nadie), tolerancia cero a la invisibilidad del aporte de las mujeres a la construcción de la historia, la ciencia y la educación. 

Los/as profesores/as deben invitar a los/as estudiantes a acercarse a ellos/as ante cualquier situación personal que lo requiera, de modo a generar un vínculo de confianza; no por acaso, por ley, al menos los profesores y otros profesionales, tenemos la obligación legal (no sólo moral) de denunciar situaciones de violencia o abuso con estudiantes menores, por extensión a estudiantes que están bajo nuestra responsabilidad de alguna manera; es una preocupación humana el confiar en los/as docentes que les parecen coherentes y les otorgan seguridad. 

Esta no es una cuestión curricular, es una cuestión básica de relación social entre las personas. Desde ahí se debe levantar una educación que reivindique el papel de la mujer en la sociedad, en las disciplinas, en la pedagogía, en la educación. Personalmente trabajo a Gabriela Mistral, me gusta mucho en su pensamiento y coherencia de vida con él, hay trabajos muy interesantes como el “De Madres a Maestras” del SERNAM de hace hartos años. Los/as docentes debemos dar el ejemplo a los hombres (a veces nos cuesta más), pero debemos hacer el esfuerzo de entender la mirada, la voz, los enfoques, los problemas y desafíos personales, familiares, estudiantiles de las mujeres. Todos tenemos que aprender a ser compañeros de las alumnas, de nuestras colegas académicas, de las funcionarias, en el hermoso proceso de hacernos mejores seres humanos, mejores educadores, mejores profesionales y trabajadores: sólo así las víctimas se acercarán a hacer denuncias, a buscar apoyo e incluso protección y seguridad. Solo así aprenderemos a ser mejore personas y sociedad. Debemos reivindicar la mirada femenina de los hechos y teorías en diálogo con la masculina o de otros géneros: ello significa dar la palabra a todos los estudiantes sin distinción. Las colegas deben hacer lo mismo respecto de los varones, debido a que lo que está en el horizonte de aspiración es la dignidad de todos, sin distinción, es potenciar el aporte de todos y no sólo de unos pocos. Hay que tomar conciencia de que estamos partiendo desde la desigualdad que supone el capitalismo neoliberal expresado en patriarcado dominante que subordina a las mujeres. No hay que dejarse llevar por los memes o comentarios burlescos, igual vamos a seguir enamorándonos, encontrándonos mutuamente bonitos y simpáticos, viviendo juntos, compartiendo el trabajo asalariado, productivo y doméstico, riéndonos y jugando con el humor, nada de “seriotes” ni “tontos graves”, seguiremos estudiando y enseñando, incluso equivocándonos y perdonándonos, pero lo haremos en una relación social cualitativamente mejor en una sociedad más digna de ser vivida. Como construir esta sociedad es el debate educacional actual y lo que nos obliga a reflexionar como educadores y futuros profesores sobre una educación no sexista

Guillermo Williamson Castro 

Doctor en Educación 

Director Magister en Desarrollo Humano Local y Regional

Académico FECSH