Junto con saludar a las autoridades que nos acompañan, al señor decano, don Juan Manuel Fierro,  vicedecano, don Luis Nitrihual, profesores, colegas, estudiantes y muy especialmente a la profesora Ana María Stuven que nos hace el honor de acompañarnos hoy, quisiera presentar una brevísima reflexión sobre lo que se llama hoy, en nuestra Universidad, investigación con sentido; y esto, respondiendo, de alguna manera, a la cuestión que la profesora Stuven nos viene a plantear hoy: “Ser historiador(a) hoy”. Por mi parte, quisiera que la pregunta que propongo quede bajo el alero de esta otra cuestión: “¿Qué significa ser universitario hoy?”, con toda la amplitud de dicha cuestión, y sin que esta mínima reflexión pretenda ningún acotamiento estricto. 

Este tipo de actos puede ser la ocasión para dar cuenta de cifras, de logros, así por ejemplo se podría indicar los pequeños avances que hemos hecho en el departamento, con el apoyo del Decano de la Facultad de Educación, Ciencias Sociales y Humanidades y autoridades de la universidad, tales como el que cuatro de nuestros colegas se incorporaran a comienzos de este año a la planta académica no regular, o que se reforzara la línea de historia con la incorporación de 2 profesores que, ciertamente, continuarán apoyando y orientando la excelente labor que en esta área se hace, o los compromisos asumidos para que otras áreas, como geografía y filosofía -esta última habiendo recibido un profesor de la Universidad de Buenos Aires que ha venido al área de filosofía a realizar un postdoctorado- puedan reforzarse y así dar cursos a proyectos tan necesarios como la creación de una carrera de geografía o de un doctorado en filosofía, que demandará de nuestra parte realismo y paciencia para abordar dichas tareas. Estos actos también son la ocasión para relevar los proyectos de investigación adjudicados en el departamento este último año, en las áreas de historia, filosofía, sociología y geografía, así como las publicaciones de libros o artículos que se han materializado en este tiempo, y que no pueden sino hacernos creer que lo que hacemos aquí está bien encaminado.

Mas, ninguno de estos logros, productos del trabajo y compromiso de nuestra comunidad, tienen sentido por sí mismos. He aquí que me interesa preguntar, brevemente, qué es lo que le da sentido a la investigación en la universidad. ¿Qué significa hacer una investigación con sentido? El sentido, ciertamente, no está dado por lo indicadores de logro, aunque estos no dejen de ser importantes en muchos respectos, sino que este es inherente a toda investigación, sea del tipo que sea, cuando esta es asumida con rigurosidad. Toda investigación comprometida con aquello que indaga, que busca dilucidar y relevar, no puede sino orientarse y preguntarse cómo orientarse en relación a aquello que es su objeto, precisamente para que este no quede determinado solo como tal. No hay investigación, que se pretenda tal, que no se pregunte en primer lugar, inquietada por un problema, una cuestión, que no deba cuestionarse cómo proceder, cómo orientarse en el ámbito problemático en el que se haya; en suma, cómo es preciso “orientarse en el pensamiento” (Kant). Y aquello es el reconocimiento de que la investigación, con todos los logros que busque y obtenga, se juega su vida en esta primera pregunta orientativa que es una primera manera de delimitar lo que es un problema. Cuando nos preguntamos cómo hay que orientarse en relación a tal o cual objeto de estudio lo que se hace a su vez es reconocerle a este su aporeticidad, su carácter inquietante, pero, sobre todo, se da cuenta de una primera situación; la del investigador, que no llega a ser tal sin primero sentirse desorientado y perdido en algún respecto. Si pensamos para ganar seguridades, certezas, etc., al mismo tiempo el acto de pensar es dejarse exponer a su propio riesgo, al hecho de que antes que alcanzar certidumbres, pensar es ya un modo de vivir incierto y expuesto a lo inesperado. Es el asunto propio del pensar: no saber cómo hacerlo y buscar tenzamente aprenderlo en su propio ejercicio, tan desesperante y fatigante como puede llegar a serlo. 

En segundo lugar, si acaso el sentido no es inherente al acto de investigar, lo que me parece se quiere decir cuando se habla de una investigación con sentido, sino que esta debe acceder a aquel, aquello no puede significar que el sentido recibido sea dependiente de los indicadores a los que estamos ya habituados, que, en cuanto tales, es decir en tanto que externos, son ciegos a las particularidades de las prácticas investigativas, de las maneras que cada uno, desde sus disciplinas, tenemos de aproblemarnos por la realidad y su opacidad. Investigar, me atrevería a decir, no se juega su vida en tales índices que buscan convencernos de que la investigación debe ser eficiente y hacerse en tiempos muy regulados y estrictos, que buscan a su vez asegurar que lo publicado, por ejemplo, es de calidad solo por haberlo sido en tal o cual revista indizada, en tal o cual quartil, etc. Sin invitar a no publicar en estos lugares, pues, aún me parece relevante cumplir las exigencias mínimas a las que somos sometidos por los organismos a cargos de administrar la investigación y por la universidad misma, es preciso decir, sin embargo, que esto no es más que lo mínimo a realizar cuando se investiga. Esta, la investigación, adquiere su sentido, a mi parecer, en habitar la inquietud y la inseguridad, y en dejarse exponer a la fuerza irruptora y desestabilizadora de la problemtaticidad de la realidad de la que hacemos la experiencia al buscar pensar rigurosamente. 

Pero, se podría decir también que lo que da sentido a la investigación es el que esta sirva y sea útil a nuestro entorno, y entonces sí que parece obsoleto abocarse a pensar temas tan inútiles como pudieran serlos los humanísticos, filosóficos, históricos, etc., y que pueden ser rechazados por su carácter abstacto o no contingente, porque no saben responder a los problemas reales, para, en cambio, preguntarse qué es un problema real, lo que ciertamente pudiera parecer una pérdida de tiempo. Y es tal vez esa una de las exigencias que se hace particularmente a las universidades regionales; que respondan a ese tipo de problemas, los que les son propios, es decir, aquellos que tienen que ver con la región, con la contingencia particular en la que la universidad está situada... como si se pudiera determinar externarmente cuáles son los problemas que a nosotros los académicos, los universitarios, que somos sujetos abocados al acto de pensar, nos debieran importar. Siguiendo este hilo argumentativo, se llega rápidamente a conclusiones tales como que que es necesario que la investigación universitaria se halle restringida a las problemáticas regionales y que además sea esta aplicada. Y ciertamente, la ciencia aplicada es del todo necesaria y valiosa, y debe promoverse. Mas, la universidad es primero universidad, antes que regional. Esto es, es primero el lugar para el cultuvo del ocio, es decir de lo que los griegos llamaban skhole, y que además de ocio podemos traducir como escuela, aquel tiempo -y lugar- en el que podemos dedicarnos al cultivo de sí, por ejemplo, a pensar, que es, al decir de Hölderlin y de Aristóteles, poeta y filósofo, uno de los modos de sentirse más vivo del ser humano. Con ello quiero decir que la investigación no obtiene su sentido originario de su aplicación, ni de cómo responde al contexto en el que los investigadores están situados, sin que ello signifique que no responda a un contexto; lo hace, pero, es necesario decirlo, aquello que conmina al pensador, aquello que se le presenta como inquietante, no está necesariamente a su lado, a sus pies; o más bien, siempre lo está, pero ese estar no coincide necesariamente con sus coordenadas geográficas. Dicho de otro modo, una investigación con sentido sí responde a una cuestión concreta, por ejemplo, al carácter problemático en tal y cual aspecto de tal objeto, situación, etc., pero no tiene obligación de responder a un contexto concretamente particular. No es su aplicabilidad lo que le da sentido originariamente, aunque pueda hacerlo. La investigación seria, ciertamente, ayuda y promueve el bienestar personal y social, aporta comprensión de las cosas mismas, de su historia, etc., pero no avanza necesariamente conforme a los tiempos, puesto que pensar toma tiempo. Si el sentido le viniese de afuera, a la investigación, si este dependiése de si con tal o cual investigación se apoya o beneficia a tal o cual comunidad, entonces, pensar no sería un acto libre, pensar no podría ser parrhesíastico, franco y veraz, sino que estaría atado a problemáticas particulares y no estaría abierto a problemas, esto es, sería del todo languido antes que expresión de vida que busca su propio ahondamiento.

Con esto no digo que la investigación aplicada no tenga valor, tan solo afirmo que pretender que una investigación tiene sentido, que la ciencia tiene sentido, solo porque es capaz de pensar la actualidad, los problemas concretos de la gente, de nosotros mismos en tanto que ciudadanos, usuarios, etc., no es totalmente correcto. Es muy valioso todo aquello, pero la ciencia, en su significación más amplia, no obtiene su sentido originario en tal movimiento de concretización. La ciencia tiene un sentido inherente, y este le es dado, si se quiere, ya desde el momento en el que decidimos pensar con todo el riesgo que ello significa; y el primero de ellos es el decidir habitar la incertidumbre. Es allí, en el acto de pensar que se haya el sentido vivo de la ciencia. Y si lo que hacemos aquí es, en última instancia, pensar, entonces es necesario que lo reivinquemos. Un pensar libre se da tiempo, porque lo requiere, se entrega a la distancia de su historia y de su contexto, precisamente para tomarla en su mayor profundidad. Sea que la investigación que hacemos aquí es aplicada o no, sea que abordemos los problemas que nos aquejan de modo filosófico, histórico, o con las metodologías propias de la sociología, la geografía o de la antropología, no debemos olvidar, en mi opinión, que lo que aquí hacemos es universidad en primer lugar, que a lo que aquí nos dedicamos es a pensar, en su sentido más hondo y vivo y con todos los disensos que debamos mantener respecto de lo que significa pensar. Y el acto de pensar es aquello que en última instancia nos une en esta comunidad. 

Este es un departamento lleno de heterogeneidad, con espacio para todo tipo de investigaciones, que tiene voces múltiples, de distinto tono y resonancia, que habita el disenso en el ámbito de lo que hacer ciencia significa. Mas, todo ello debe ser entendido como signo del carácter vivo del pensar. Y es ello lo que es necesario reivindicar cada vez, en cada ocasión en que reunimos, y así también transmitirlo a nuestros estudiantes. No estamos acá sino para desvivirnos en querer vivir hondamente la experiencia de ser universitarios, esto es, de querer dedicarnos al ocio que no requiere justificarse con un sentido venido de fuera, pues el ocio que obramos consiste ya en la búsqueda de vivir con sentido. 

 

 

Patricio Mena Malet

Director del Departamento de Ciencias Sociales

Universidad de La Frontera