
Sincerar responsabilidades que exceden a la escuela y sus docentes
No puedo sino suscribir las palabras de Claudia Matus cuando releva que la sociedad entera descansa sobre la escuela para que la educación funcione, y en esa decisión desplaza veladamente la responsabilidad por la generación de condiciones para educar hacia las y los docentes. Se les responsabiliza no solo de lograr que todos y todas aprendan, como es legítimamente esperable. Se les responsabiliza también de dar las alertas cuando hay riesgos de salud física, mental, vulneraciones de derechos, de mediar con las familias.
Hasta aquí, ámbitos de competencia de la escuela y las y los docentes. Lo cuestionable es que se les endose también la responsabilidad de sostener a un sistema completo que falla consistentemente al ser incapaz de proveer las condiciones estructurales para la educación. Es así como las alertas se estrellan con que no hay horas médicas ni atención psicosocial suficiente y oportuna, ni mucho menos atención de salud mental, o acompañamiento a las familias y las comunidades educativas ante situaciones o condiciones que ponen en jaque no solo la tarea educativa, sino muchas veces también la integridad de las comunidades.
Son entonces las y los docentes quienes deben contener y gestionar el devenir de las y los estudiantes ignorados por el sistema, y a sus familias. Porque el sistema de atención social o de salud puede dilatar una atención, pero la escuela no, pues es para ella cuestión insoslayable en su deber ético inclusivo, que, si bien progresivamente puede acceder a equipos de profesionales especializados para apoyar los procesos educativos, estos equipos solo están diseñados para atender los requerimientos de estudiantes con diagnóstico de necesidades educativas especiales, y solo para proveer apoyos educativos, no clínicos.
Muchas veces, también, las alertas necesarias no logran ser percibidas o comunicadas por la escuela y sus docentes. Hemos instalado complejos sistemas evaluativos punitivos hacia la escuela y sus docentes, y también hacia las universidades y sus carreras pedagógicas, en desmedro de sistemas de apoyo al fortalecimiento de la formación de formadores de docentes y a la escuela, basados en la confianza en los docentes y el desarrollo de sus capacidades. Hemos omitido observar con rigurosidad lo que ocurre al interior de los procesos formativos, más allá de cuestiones declarativas orientadas al certificacionismo.
En este contexto solo la ceguera puede endosar a los docentes y familias la responsabilidad por la violencia escolar y des-responsabilizar al Estado, transfiriendo sin pudor a la escuela y sus docentes, esta responsabilidad de hacerse cargo de estudiantes diversos sin apoyos, cuando sus necesidades trascienden largamente a las educativas.
¿Cómo es posible cumplir el mandato de que todas y todos aprendan sin los apoyos estructurales de un sistema que provea condiciones para proteger la integridad, la dignidad y el aprendizaje? Los pórticos, la revisión de mochilas, las multas, parecen burdas señales que reconocen la ausencia del Estado, la evidencia de estar llegando una vez más mal y tarde solo a los bordes visibles de la violencia estructural, transitando hacia los temidos panópticos o cárceles, desestimando el abordaje formativo profundo desde la prevención y la construcción de sociedades más justas y amables, como correlato de un sistema orientado hacia el fortalecimiento de comunidades, no de su fragmentación vigilada.
No parece razonable que el sistema social descanse en el voluntarismo histórico y silencioso de las y los docentes para hacerse cargo de que la educación funcione, docentes a quienes, por añadidura, se ha insistido no solo en responsabilizar sin apoyar, sino para quienes además se incrementan progresiva y sistemáticamente las exigencias de ingreso y ejercicio laboral, sin ofrecer condiciones de apoyos estructurales ni las retribuciones mínimamente correspondientes a su rol.
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Escrito por: Andrea Ruffinelli, Dra. en Educación.
Escuela de Pedagogía, Facultad de Educación, Ciencias Sociales y Humanidades UFRO
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